Manía
Ha sido una vecina invisible en casi siete años, ni ruidos raros, ni olores, ni casi un saludo en el ascensor
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Historias a media mañana con Espido Freire (24/01/2017) - Manía
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Madrid
Nunca le ha gustado. Si le preguntaran por qué, no sabría dar una respuesta. Ha sido una vecina invisible en casi siete años, ni ruidos raros, ni olores, ni casi un saludo en el ascensor.
Nunca le ha gustado por las mismas razones por las que no le gusta el frío o el cambio de hora del otoño. Algo intuitivo, de piel y de absurdos. Sabe su apellido, recuerda a veces su nombre, que confunde siempre entre Rosa y Laura, a saber por qué. Se escaqueaba de las juntas de vecinos, pero eso lo hacen todos. Pagaba con puntualidad, pero eso lo hacen todos. Sacaba la basura entre las nueve y las diez, pero eso lo hacen todos. Era una presencia molesta, como una lámpara fea heredada de la otra parte de la familia. Se tolera porque deshacerse de ella causa más trastorno que apartar la mirada. Hola. Hola. Hace frío. Sí, pero parece que luego despeja. Hasta luego. Adiós.
Ni siquiera le recuerda a nadie conocido, no, es antipatía pura, una cabeza de turco en la que descargar los nervios y la mala bilis cotidiana. Una excusa para torcer el gesto.
Nunca le ha gustado. Ni siquiera la conoce. Entonces, ¿por qué esa congoja, por qué esa sensación de que algo se ha roto, de que ha perdido a un ser querido cuando ha visto el camión de la mudanza, las cajas etiquetadas, la vecina, con su gato en un transportín, que subía a un taxi y se perdía, quizás para siempre, detrás de la esquina?