El incierto futuro de la tierra azul
“El test ha fallado” concluía Djokovic al despedirse de su paso por Madrid en relación a la azulada pista de la Caja Mágica. Ese podría ser un buen resumen de una semana en la que se ha hablado más bien poco de tenis y en la que solo Berdych y Federer, dos de los que menos han bramado contra la pista, han sido capaces de brillar.
Hay millones de teorías sobre la fallida instalación del azul. ¿Es culpa del color o es un compendio de desgracias que van desde las condiciones de Madrid hasta la propia fabricación de la pista? Algunos como Nadal o Djokovic apuntan directamente al color, otros como Verdasco lo exculpan. Otros van más allá y señalan lo desechable de la pista (se monta apenas un mes antes y se desmonta al acabar el torneo) como el gran responsable de que la arcilla no termine de agarrar.
Ningún jugador ha halagado la nueva superficie, una fobia que se ha ido extendiendo por la grada hasta pitar a los mandamases del torneo. También ha salpicado a la gente ocupada del minucioso mantenimiento de las pistas, que han trabajado toda la semana bajo un incómodo clima de crispación y la pegajosa supervisión de jugadores y árbitros.
Entretanto y conforme avanzaba el torneo y las críticas, Ion Tiriac, propietario del torneo ha ido variando su postura según el grueso de periodistas al que se enfrentaba. Unas veces se envalentonaba con las bolas fluorescentes, otras convertía a Nadal en el culpable del fracaso y en las menos admitía que “podría volverse a jugar en arcilla roja” si la ATP así lo exigiera.
Tiriac sigue creyendo que la pista azul supone una revolución como en su día fueran la inclusión del tie break, la bola amarilla o el reciente ojo de halcón. Roja, azul o verde pistacho, el reto de la organización debe ir más allá de los colores. La primera revolución que necesita el Mutua Madrid Open es que se vuelva a hablar solo de tenis.