¿Quién sobra aquí?
La opinión de Ana Díez, médico de familia
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Una canción de hace unas décadas decía “tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. El que tenga estas tres cosas que le dé gracias a Dios”
Yo cambié estas tres cosas por otras que determinaron mi vida cuando tuve que decidir a qué dedicarme. Estas tres cosas, que aún mantengo, son la salud, la educación y una vivienda en la que cobijarse. Las considero básicas, imprescindibles. Teniendo estas tres cosas, el ser humano podría vivir y desarrollarse plenamente.
En el mundo occidental, en general, son tres elementos a los que se puede acceder. Con más o menos dificultades, pero existe la posibilidad.
Tristemente, hay muchas personas que han nacido fuera de esta parte del mundo, en países en constante guerra, con sequías que duran años, sin apenas acceso a una atención sanitaria básica que, casi con total seguridad, jamás llegarán a tener lo mínimo.
¿Qué hacemos con toda esa gente? Podemos mirar a otro lado, taparnos los ojos y las orejas para no enterarnos de lo que está ocurriendo, porque ya sabemos que, “ojos que no ven, …” Es una opción triste, porque son seres humanos como nosotros. Además, es egoísta, porque yo he llegado a oír que, si yo he tenido la suerte de haber nacido en un país que me brinda esta oportunidad, el que otros no hayan corrido la misma suerte que yo no es culpa mía y yo no sé cómo solucionarlo.
La otra opción es mucho más compleja en su ejecución y en su aprobación por parte de todos. En esta segunda opción se encuentra lo ocurrido estos días con el barco Aquarius y otros, procedentes de diferentes países de África.
Las consecuencias de esta acogida masiva pueden ser muchas. Ya sé que habrá quien los vea como personas que vienen a quitarnos lo que es “nuestro”, con los que, aunque nos hayamos declarados solidarios cientos de veces no queremos compartir lo que tenemos. Que no se nos olvide que, si repartimos bien, en este planeta hay para todos.
Son personas, familias enteras que vagan a la deriva huyendo de un sinfín de penalidades y atrocidades que han vivido en sus propias carnes y en su país de origen. Van buscando un asilo, una ayuda, una esperanza de vida en esta otra parte del mundo en la que parece que hay más posibilidades. ¿Se lo vamos a negar? Algunos, demasiados ya, han muerto en el intento. Y, de los que llegan, desgraciadamente no todos verán cumplida ni una mínima parte de sus sueños.
Repito, no sé cuál es la solución. Sé que es muy difícil, pero pasa por arrimar el hombro entre todos, por ponernos en su lugar, por no ser tan egoístas.
Quizás, una de las consecuencias es que nos hagamos conscientes de la situación por la que están pasando estas personas y muchas otras. A pesar de todas las críticas que puedan caerme encima, yo me acojo a lo que ha dicho el padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, de que esto es una explosión de solidaridad y de humanidad. Aunque haya quien lo utilice para su beneficio político. Aunque haya quien piense que escribir comentarios como este es una acto de buenismo. Me da igual. Por una sola vida que se salve, creo que habrá merecido la pena hacer un esfuerzo entre todos.
Y, ahora, voy a contestar la pregunta que inicia todo esto ¿Quién sobra aquí? Mi respuesta es nadie.