Cuando mi hijo es un asesino

Juan Miguel Alonso

León
El pasado 9 de Marzo tres menores asesinaron con una violencia inaudita a la cuidadora de 35 años que los tenía a su cargo en un piso tutelado en Badajoz.
A la conmoción inicial por la barbarie , le siguen las preguntas sin respuesta , las demandas de información y la reivindicación justa de los trabajadores que desean volver a casa al acabar su jornada laboral.
La irrupción de una violencia desmedida, en ocasiones extrema, hace tiempo que ha llegado a nuestros jóvenes como su lenguaje natural, como el modo rutinario de comunicarse. En los centros educativos lo sabemos bien. Adolescentes , apenas salidos apenas de la infancia que sólo conocen el idioma de los puños y el insulto, pues su analfabetismo nos es del iletrado, sino el del náufrago sin tabla familiar, social o psicológica a la que agarrarse.
El sistema no tiene medios ni recursos para atender a estos fracasos vitales. Y la familias, se sienten desbordados, a menudo, por unos hijos que transitan de la inocencia a la brutalidad a la velocidad del sonido. El sintagma niño o hijo asesino se digiere con dificultad. Demasiada contradicción en los términos.
Cuando ya el fracaso es una nómina infinita de faltas y delitos, la ley deposita a estos jóvenes en centros especiales y pisos tutelados, donde se apuesta a una reeducación socializadora. Pero , demasiado a menudo, esta experiencia fracasa en un nuevo rosario de violencia , fugas y delitos hasta que el fin del limbo de la minoría de edad desaparece y las puertas de la prisión se abren para ellos.
Si no dotamos de recursos y garantías a quienes trabajan con estos jóvenes, a menudo empleados por empresas privadas, fundaciones y ONG varias, en las que conviven la precariedad y el negocio, volveremos a replicar el modelo político de mirar al tendido mientras la ruina y el fracaso cantan su canción eterna.